Un
camino muy largo estuvo aún por llegar. Esa pequeña gran muerte que tantas
noches había soñado en medio del quirófano con su vida en manos de la propia
fortaleza del que la realizaba. En el trayecto el tren cruzaba sin descanso las
inmensas llanuras de La Mancha que tanto evocaba Azorín en sus interminables
relatos. Daba la sensación de que ni el mismo tren pudiese permitirse hacerle perder
más tiempo. Y es que nada se podía ya
detener. Todo estaba hecho. Para su tranquilidad, su niña y Apa ya estaban reubicados.
Sólo faltaba lo que tanto esperó.
Una vez
paró su tren y puso el pie en aquel hospital comenzaron a prepararla para su
pequeña muerte. Su habitación era una individual con vistas al oeste donde
tanto rezuma el sol por las tardes mientras no se apagaba el verano. La 750 de
la séptima planta. Una planta donde los pasillos parecían autovías y los
enfermos coches recién reparados con ganas de corretear de un lado a otro.
Aquello
era todo un ritual. Fue tal cual te cuenta cualquiera que lo hubiese vivido. Analíticas,
rayos x, relatos médicos y entre tantas cosas más, el consentimiento firmado en
un folio desbordado de efectos y complicaciones que hacen que le tiemble el
pulso a cualquiera. Pero la decisión estaba tomada años antes. Sólo le bastaba
con cerrar los ojos y ver a Chipi encogida en aquella silla con los brazos
doloridos a medio vivir para saber que
al menos Ella estaba en el camino correcto. Estaba en buenas manos pasase lo
que pasase. Ya nada podía ser peor.
Paco-C
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