Ha venido siendo la única cría que merodeó insistentemente por aquellos caminos y la que más tiempo pasó en aquel paraje.
Ella representaba las ganas de vivir hasta el último día de vida de su abuelo. Hubo un punto en que no se sabe cuál de los dos contaba los días que faltaban para que el fin de semana llegara. El abuelo contaba los días de la semana que faltaban hasta el viernes por la noche. Él esperaba a que el sonido de un coche apareciera entre el camino delineado por moreras y granados, y Ella contaba los minutos hasta bajar del coche y quedar allí abocada en su despeje, en mares con olor a azahar y brisas que apaciguaban brozas y virutas.
Era tal el temperamento del abuelo que Ella aún no se explica porqué la noche que él estaba cenando y ella llegó con sus padres del pueblo de su madre cuando aún vivía, hizo saltar un pegaloco en medio de un plato de ensalada. El abuelo no reaccionó del todo bien al acabar su camisa aderezada desde el cuello hasta los puños de aquel rico aceite. Pero era Ella la que le salpicó y no otra, era Ella que acompañada de aquel aceite hacía que las cosas entrasen mejor.
Eso había oído siempre, que las máquinas se engrasan y así las cuchillas desde las nuevas hasta las enrobinadas entran mejor, lo mismo pasaría con ciertos berrinches. Desde ese momento Ella sabe que contra el mal genio y las situaciones límite el aderezo perfecto es ese líquido dorado que baña lo que encuentra a su paso.
Entre otras situaciones, no olvida la noche en que le quebró un mero cigarrillo al abuelo que éste llevaba detrás de la oreja. Detrás de estas faenas y el temperamento había una complicidad muy estrecha entre ambos. Era la sensación extraña el sentir que él sabía que Ella estaba sometida a una presión exterior que no le debiera tocar.
El abuelo le preguntada con frecuencia cúal era su estado, que él sabía que las cosas no funcionaban bien y que se fueran a vivir a otro lugar lejos de esa camada de lobos hambrientos de producir espanto. Pero Ella trataba de generar el menor tumulto posible para que su situación desmoralizante no cayera en otra peor. Cuando el abuelo poco a poco parecía anularse de esta vida, Ella aprovechaba cada rato para estar con él. Le ayudaba a buscar la pelota de tenis con la que ejercitaba sus manos ya enclenques a causa de un ictus. Le encantaba servirle el desayuno porque sabía que el abuelo estaba deseando comer dulces, pero él goloso del miedo repudiaba la medicación. Por eso cada vez que Ella insistía para que las tomara él se afligía, no porque sabía que debía tomarlas para mantener su estado, sino porque Ella lo era todo para él.
Aún recuerda el momento en que aprovechó para darle un abrazo a su abuelo, de esos que sabes que serán de los últimos porque algo puede cambiar de un momento a otro. Quizá fue el mejor abrazo que ha dado. Fue un abrazo lleno de ganas, cargado de sentimiento, de querer, fue un abrazo por haberle negado tantas veces la verdad y por compensar el vacío en el que estuvieron envueltos. Todavía hoy siente la fuerza de ese abrazo.
Durante el ingreso del abuelo en el hospital, él le pedía con asiduidad que le diera besos y que no se fuera. Aquello siempre la conmovía porque ella era quien más lo quería aunque se escondía al demostrarlo por tener que actuar en un escenario de repleto de fieras.
Paco-C