La anestesia relajó su cuerpo y su mente
hasta dejarla en blanco. La temperatura de su cuerpo bajó hasta los 34 grados.
Para entonces la cardioplejia sanguínea ya circulaba por su cuerpo de forma
intermitente justo antes que la heparina.
Una incisión a lo largo del esternón
dibujaría un signo de vida y el inicio de una nueva. El corazón estuvo al
descubierto varias horas. A la vista de todos. Conectado a una máquina de
circulación extracorpórea. Parado mereciéndose su merecido descanso. Seccionado
buscando su propio alivio.
No fue tarea fácil, al contrario. Fue un reto
tanto para el cirujano como para Ella misma. Ese corazón, ese día, no se lo
puso fácil a Forteza, pero éste no se dejó llevar por la opción más rápida y
menos complicada. Le gustaban los retos y contaba con suficiente experiencia
para sacar adelante los casos complicados. En cualquier otro hospital la solución
más rápida hubiese sido retirar su válvula mitral e implantarle otra, que en el
mejor de los casos, hubiese sido biológica.
Para terminar antes de retirar el separador
esternal, para volver a juntar sus costillas, se cerró el corazón. Se volvió a
introducir en su propia bolsa. El cierre de las costillas se realizó de manera
convencional a base de alambre. Se cerraron una a una las diferentes capas de
aquel tejido falto de fibrilina y se pusieron dos drenajes en el mediastino. Por
último se grapó toda la abertura esternal que recorría su tórax y que desde
aquel día llevaría marcado toda su vida.
Así transcurrieron cuatro horas interminables
para los que esperaban en la sala de espera. Esperar no era malo, al contrario.
Esperar tanto no suponía un cambio, sino una reparación.
Paco-C