lunes, 21 de febrero de 2011

EL EQUILIBRIO

Hay vidas estables, perennes, estancas y hasta las hay de equilibristas. La de Ella es una de esas. Es la equilibrista que se amortigua de los baches del camino por no llegar al final demasiado rápido y por no sesgar ya el camino. Equilibrista desequilibrada. Presa de las curvas interminables que ni curan ni se acopian, como siempre. Tan sólo la marean, la envenenan y la marcan como marca el tiempo y el espacio con sus facturas.
La vida es su camino y su camino su experiencia. Su camino se adquiere por medio de las curvas paliativas distando de su desorden. Unas veces más recto y otras más enrevesado, pero siempre alumbrado con sus restos, gestos y con la mirada que Chipi le tiende desde la Luna.

Hay días más grandes y más pequeños. Más ecuánimes o más cóncavos. Hay también noches más lúcidas que las embriagadas.  Noches interminables enajenadas de recuerdos, desaguando vasos de agua con mariposas o tercios que transformaban el propio amargor de Ella en el de la cebada y así sonreír un instante eternamente. Eran noches tan vivas cómo la Luna cuando dejaba atrás el Sol. El calor del verano. La brisa pegajosa del mar. Las acampadas en su orilla con los cuerpos más verdes que existen. Los helados antros bajo cero como último recurso. La embriaguez como equilibrio. Las botellas de vidrio escarchado liquidadas cómo primero. La última cerveza caliente. Los momentos que vaciaban problemas por sentirse llena. El vaso que no  quita la sed ni borra malos litigios La obsoleta tontería que genera la risa imparable. Las aceras diligentes o lánguidas que se traspapelan sin dejarla volver. Los folios apilados del día siguiente. La culpa. Desaguar el vaso. Beber de los charcos. Horas prensadas que tocan fondo. Lavar las culpas. Desmaquillarse en la almohada. Almorzar antes de ir a la cama. Los buenos días que son buenas tardes. El sol bajo. Domingos que no quieren dormir por despertar en lunes. Caminar en círculos concéntricos. Gritar. Apariencias rotas. Las cartas sin dirección pero guiadas. La comunicación estanca de no saber de su vida por vivir para olvidar. Los retos. El trago de agua fresca que regenera y marca la bienvenida al final.
El equilibrio es imposible cuando habla de ella misma, pero no hay equilibrio sin mezclarse con él.
Paco-C

martes, 15 de febrero de 2011

EL MURO

Ella, porta un muro antiguo sin trazas al azar. Todo está hecho a conciencia por la supervivencia de su propio ser. Despojada de recursos, anegada en su muro desde la eternidad.

Sólo los ladrillos huecos permiten respirar al propio muro que calla con revocos fratasados a doble cara y a medio embastar con la espesura suficiente para que ni siquiera al otro lado de sus costados nadie, absolutamente nadie pueda notar nunca la presencia de Ella, por muy destemplada que esté.
Carece de adjetivos mamposteros que traben su testarudez. Un aparejo a soga es suficiente para dar por entendido cómo se ejecuta un muro a cara vista, cómo actúan las coloraciones rojizas de los enjarjes de las testas que miden milímetro a milímetro la distancia justa con la superposición de la espesura de su contención. Las heridas generadas por la traba de las incisiones de cualquier zuncho oxidado se colaron en cualquier descuido ante cualquier portería. No importa cuál, ni los dóndes ni por qués.
Tampoco importa el mortero que revistió aquel antepecho, ni las cargas estructurales que lo ondean del viento y  los sismos. Sólo Ella sabe que lo porta cada día en sus espaldas como carga permanente. Ni el soplo vapuleante logra aliviarla de la compresión, la comprensión y la viveza de la cal que abujardea la pala, el pico y los  sublimes y vagos capazos atestados de gravilla, arena y cemento inútiles de cualquier signo de protección. Ni siquiera el portero con ayuda de un bulldozer y barrenos de pólvora lo consiguen demoler.

Es su hogar, ese muro escondido, oscuro de divisar, pero se sabe que está. Grietas ensangrentadas que tiritan al gestarse de nuevo. Cualquier aproximación será signo de un todavía indebido acuse de recibo. En los últimos meses se han superpuesto varias hileras de piedra de las más lejanas canteras para los más lejanos porteros y abucheos de cualquier partido.
Paco-C

domingo, 13 de febrero de 2011

EL EXILIO

La forastera de aquí y allí. La de las maletas con lo justo para asaltar a cualquier pájaro que la limpie de su atmosfera cargada, cegada y desplumada. Nadie conoció nunca el motivo de sus viajes, ni la carga de su maleta; unas veces hueca y otras acongojada con su propio peso. Recluida en su muro encuentra su alivio.


Huyó de los dientes de tenedor que hurgaban sin cesar huchas de hojalata, de los impactos arrítmicos de su corazón, de los chirridos a contraluz y de dejar al alcance de cualquiera fotos que se velaban al rasgar en cruz.
La sombra se ennegrecía enmarcada en cualquier foco fundido. No hubo camino más que elegir que el exilio provocante de un final que en realidad siempre le dio igual. Su experiencia la marca.
 Ella es esquiva de alborotos y destapes de actores que la han hecho llorar sin mencionar las cuantiosas basuras ajenas. De no reparar en los errores, al no hacer algo distinto, la vida, esa tan vividora,  la podrá ante las mismas situaciones una y otra vez a fin de actuar de forma distinta aunque salten pedazos de restos que no se olvidan ni mitigándolos en medio de los rescoldos de cualquier ojo, esta vez si bien abierto y atento.
Posiblemente Ella es la sombra más sombría de las sombras que habitan y todavía coexisten al acecho de cualquier luz fulgurante y ávida de resuello. El exilio dejó hace mucho tiempo de hacerle bien y los retos estallaran de júbilo al ver su acogida.
Su exilio fue tejido con los más exactos cálculos para aliviarse de dos bandos a los que no podía Ella acercarse. Uno del justiciero de la intuición, el de los saltos de herencia y el de la más estricta negación por parte de Ella por ahorrarse dos mordiscos de lobo a cambio de portar sendas tiritas estancando su boca para impedir circular palabra alguna. El bando opuesto era el del interés, el melodrama, la apariencia y en lo que nunca creyó, en las madrastras disfrazadas con cara de lobo empolvado en harina por enmascarar cuentos chinos que no creen ni los niños de Japón porque si no hay sangre de por medio nada une como ha de unir.
Las gotas de lluvia descienden zigzagueando por el denso cristal y las lágrimas aún calientes y saladas como el primer día se escabullen hacía otro lugar hasta evaporarse. Los nublos y las sisas de la vida marcan y trascriben con sacudidas sensaciones, fenómenos inexplicables, noches mojadas, atmósferas cargadas, muros trascendentales y equilibrios imposibles por verla amanecer.
Paco-C

martes, 8 de febrero de 2011

EL AJUAR

Chipi dejó su legado. Todo estaba preparado. Entre sus restos destaca un cofre repleto de imposibles ropas de cama, la flor que sujetaba su pelo el día que más de blanco vistió, una vajilla de geometría De Stijl  que no estrenó y una cristalería minimalista sin detalles propios de trépanos y arabescos como las que rebosan en los estantes de cualquier casa. No tolera que nada sugiera el uso de su herencia, ni de sus recuerdos. Es todo lo que tiene de ella, como para ni siquiera Ella darles uso o romperlos. Nada ni nadie podría recomponerlos. Con frecuencia tiende a esquivar la mirada de ese cofre sin patas roído por el tiempo y la carcoma. Sigue siendo incierto lo que hay dentro. Puede que Ella nunca se enfrente a abrir las heridas de su tinta, del mismo modo que puede que haya alguna carta dentro de algún enigma de Chipi. Puede que nunca lo abra, quizás nunca lo haga. Es su mundo inerte y difunto, dónde no cabe haz de luz que vele su interior como lo hacen las fotos o los buenos momentos que mueren bajo el sol.
Los objetos de Chipi que están a la vista; un joyero de porcelana blanca, una caja de hojalata y un libro manuscrito a golpe de flashes, ocupan rincones inadvertidos que piden auxilio por volverse materia.
El lugar de la caja es siempre el mismo. En el extremo izquierdo de su mesita de noche, junto a sus libros de préstamo bibliotecario, a la lámpara en tonos bronce que su madre usó con esos motivos florales huecograbados sobre el vidrio más traslúcido y áspero que se pueda tocar. Su origen es incierto, pero los detalles que se sacan en claro denotan que es una caja de la hojalata más ligera y fría, estampada con flores y guirnaldas asimétricas, pero concéntricas en cada una de sus caras y aristas con tonos cálidos combinando anaranjados, ocres  y amarillos del estilo Pop Art en el que Chipi se desenvolvió. Dentro siguen intactas sus pertenencias. Un reloj, una pulsera de bolas verdes esmeralda, pendientes barrocos de dorado intenso con piedras azulonas en el centro que simulan estar talladas. Pero no menos talladas lo están las piedras de la jaqueca que recogió en la playa durante años. Las Operculum, esas piedras que trazan envolventes y volutas perfectas con forma de oreja y de matices rosados, salmones  y nácar, las cuales se añaden al recaudo de Ella, como lo sigue haciendo una rosquilla de pan por el día de San Blas que nadie llega a tirar y que nada deja echar a perder.

El álbum abarrotado de fotografías siempre ocupa el rincón de afuera, desprovisto de las miradas ajenas que sólo miran al centro de las lejas. Tercer estante a la derecha empezando desde abajo y el quinto desde arriba. Estampas gráficas en blanco y negro, algunas sepia y otras en color. Recortes ovalados o en terminaciones caprichosas muestran el origen del mundo del portero y Chipi. Sus pastas siguen igual de duras que el primer día, y los detalles de sus lomos y caras tienen ilesa todavía a la niña que se reboza entre matorrales y flores, mientras le tiende una tierna sonrisa a un pajarillo posado sobre su mano. Así, es como Chipi hubiera querido verla a Ella; ilesa, inocente, confiada, sin muros autoportantes de la arquitectura más puntera, sin gabelas ni melodramas. Pero Ella, por contra parece estar tirada en un lecho de agujas verdes vigilando el más mínimo pensamiento y acción, cómo cuando tiene que portar el carnet de identificad de la auténtica Chipi para burocracias y otros desgarros del corazón.
Nada reportaría más importancia a este álbum de los demás, sino fuera por la más concisa despedida que aparece nada más girar la tapa. Es el detalle más pequeño que dejó Chipi a conciencia y a medio hacer, sabiendo que odiaba las fotos y en contadas aparecía ella. Sabiendo probablemente que no podría terminar de expresar lo que pretendía.
Es lo único que tiene Ella de su madre. Asomarse rara vez a los cajones todavía sin mutar. Los mismos que  aún parece que huelen a ella casi veinte años después. Explorarse a sí misma para conocer sutilmente a Chipi y mirar el cuadro barroco y bruñido en tonos dorados que refulge la más larga y verde de sus paredes.
Paco-C

Otras miradas