domingo, 29 de mayo de 2011

EL ADIÓS


Es el movimiento de mano que se le da tan mal hacer. Prefiere no ondear sus astas y hundirlas con afán como cuando echas mano al bolsillo para ver que encentras aún sabiendo que nada llevas, que nada buscas y que a nadie engañas.

Entre todos los adioses, los hay que salen cuando no se cumplen las promesas, otros que se forjan desde la desmesura del para siempre y los que aclaman un cuerpo presente.

Ella ha oído tantas veces desde la garganta del portero como Chipi se despedía de él con un adiós con la mano justo antes de marcharse. Se marchó en algún kilómetro de esa autovía en una carroza con luces parpadeantes y el canto de las sirenas camino de hacerla revivir. Chipi quedó allí, en ese punto no concretado con el paso de los años, pero sí un punto que marcó su sepultura y confirmó aquellas tímidas palabras de despedida de aquel álbum de recuerdos. Ese álbum está repleto de fotos del portero, de Chipi, y otras tantas de la familia y amigos. Ella todavía hoy se encuentra cada vez que decide ojearlo inscrito en la tapa delantera dos palabras a medio acabar -Ella, Recuerdos y- que esbozan una despedida profunda, llena de miedos y con el sabor y el desmán más triste de todos de la mano temblona de Chipi como si muriera justo al salir el sol en ese arduo día dos de agosto del año que nunca importa, porque nunca pasa ni caduca. Para Ella ese adiós fue más leve en ese momento, pero más significante aunque fuera como simbolizar el salirse de una cama y meterse en otra para no destemplarse.

 
Tras el tiempo, vivió entre un adiós constante un verano por dejar desconcharse de su coraza los más recónditos enseres de su alma que se tostaban sobre la hoguera la noche de San Juan. El mismo adiós, el que todos decían el de ¨siempre¨, el elegido, que lloraba por marcharse y soplaba por volver. Fue el otoño tardío quién finalmente arrancó de cuajo una hoja imposible de volver a salir al encuentro de estallidos de color por las bombas nucleares que pesaban. 
Sólo los unía una historia parecida y llena de kilómetros. Un de aquí para allá. De la infancia a la madurez. De una caverna de lobos a un albergue. Del tomar al dar. Del sentir al despreciar. Del cambio de kilómetros de vida al remordimiento del combustible infectado y vertido en el último tramo que marca las vacaciones. Ahí reparó Ella. En que una cosa es darle vacaciones y otra distinta es cuando Ella las quiso coger sin necesidad ya de pararse a mirar los números del contador. Eran vidas nuevas pero con muchos kilómetros recorridos anegados por sus intrahistorias. Eran meses vividos y mordidos sin dirección alguna.

Ahora no le resulta fácil decir adiós tampoco, por haber perdido tantas cosas de las pocas que tenía y por no haberse podido despedir de lo más importante. Más hojas quedan por escribir sobre Ella, pero pocas más tristes que el decir adiós a los latigazos ya por fin asentados de media vida.
Paco-C

jueves, 24 de marzo de 2011

EL GRITO

Puede que Edgar Munch quisiera vomitar para pedir ayuda en cada uno de sus cuadros por los cuales otros verterían risas o lástima más tarde. Entre las grietas que se gestan después del paso de la humedad en la tierra más seca cunde el pánico en cualquier acequia con cualquier paso de Ella. Su futuro se estrellaba como lo hicieron aquellas cartas por terminar hasta en restos de cenizas en aquel final de retirada ante tantos lobos. No se rindió, sólo gritó, sólo desaguó, sólo se perdió como un capricho que la vida te concede.
Después de tantas quimeras que lapidaron cada zona de su cuerpo deserto, fulgurante y atroz nada parece suficiente, ni siquiera falto. Todo le fue servido muy frío cuando más indefensa estuvo. El grito no es grito en sí. Es el eco. El eco que quedó cuando su corazón acongojado de cargas, sentimentalismos y trastos estalló en mil pedazos. Su eco es el peso que soportan sus delicadas espaldas que no se rellenaron nunca con palabras y caricias, por no aprender a hablar en partidos de otro tiempo, en batallas del hoy. Por eso no es más grande el grito más grave, sino la gravedad con que uno grita, el impulso con que se coge el aire que es de todos.

Pulió sus intereses y gestó su sentir. Se dejo llevar hasta habitar dentro de su muro con el eco de estremecedoras canciones, con sus pinturas y las de otros reconocidos y con dotes escépticas de lo que ocurría alrededor. Del mismo modo que se dejó caer en el momento preciso, justo cuando las más grandes pérdidas habían pasado sumida en la más profunda desprotección. Así creció.
No pudo soportar su carga más. No pudo soportarse más. Cayó por su propio peso. Era el momento preciso. Cuando los días dejaron de adquirir connotaciones distintas y los lunes eran igual que los martes y los miércoles las lastra de nunca acabar. Algo iba mal. Todo iba demasiado mal. Tocó fondo aquella noche mientras soñaba que acostada en el suelo helado, hiriente y tieso se caía al vacío. Fue justo en verano cuando hasta las brevas más verdes comienzan a caer después de haberse salvado de los picotazos y tiros de los gorriones. Aquel día gritó fuerte y pidió ayuda cuando los llantos y el dolor la dejaban hablar sin ahogarse.
Nada podía seguir así. La vida era otra cosa, no eso y Ella lo sabía. Los sueños debían de ser otros. El rumbo dejó de tutelar al destino. Era el momento de poner orden en su caos y desvelar sus enigmas, de no juzgarse duramente, de traer consigo sensaciones excepcionales de cuando las cosas tenían buena temperatura. A calmar a esa niña arrancada de lo más grande que apenas pudo tener y si su vida era una prolongación de la de Chipi tenía que asumir muchos retos con aplomo.
La última vez que vomitó fue para resolver uno de sus retos. Hablar sin miedo a perder algo más de lo que había perdido a lo largo de su corta vida. ¿Qué miedo podría tenerle al portero después de todo lo que había perdido? Repasó los botones de éste uno a uno, año tras año, historia tras historia, dolor a dolor y sangrado a sangrado para Ella marcar el sitio que él nunca le dió.
Paco-C

lunes, 21 de febrero de 2011

EL EQUILIBRIO

Hay vidas estables, perennes, estancas y hasta las hay de equilibristas. La de Ella es una de esas. Es la equilibrista que se amortigua de los baches del camino por no llegar al final demasiado rápido y por no sesgar ya el camino. Equilibrista desequilibrada. Presa de las curvas interminables que ni curan ni se acopian, como siempre. Tan sólo la marean, la envenenan y la marcan como marca el tiempo y el espacio con sus facturas.
La vida es su camino y su camino su experiencia. Su camino se adquiere por medio de las curvas paliativas distando de su desorden. Unas veces más recto y otras más enrevesado, pero siempre alumbrado con sus restos, gestos y con la mirada que Chipi le tiende desde la Luna.

Hay días más grandes y más pequeños. Más ecuánimes o más cóncavos. Hay también noches más lúcidas que las embriagadas.  Noches interminables enajenadas de recuerdos, desaguando vasos de agua con mariposas o tercios que transformaban el propio amargor de Ella en el de la cebada y así sonreír un instante eternamente. Eran noches tan vivas cómo la Luna cuando dejaba atrás el Sol. El calor del verano. La brisa pegajosa del mar. Las acampadas en su orilla con los cuerpos más verdes que existen. Los helados antros bajo cero como último recurso. La embriaguez como equilibrio. Las botellas de vidrio escarchado liquidadas cómo primero. La última cerveza caliente. Los momentos que vaciaban problemas por sentirse llena. El vaso que no  quita la sed ni borra malos litigios La obsoleta tontería que genera la risa imparable. Las aceras diligentes o lánguidas que se traspapelan sin dejarla volver. Los folios apilados del día siguiente. La culpa. Desaguar el vaso. Beber de los charcos. Horas prensadas que tocan fondo. Lavar las culpas. Desmaquillarse en la almohada. Almorzar antes de ir a la cama. Los buenos días que son buenas tardes. El sol bajo. Domingos que no quieren dormir por despertar en lunes. Caminar en círculos concéntricos. Gritar. Apariencias rotas. Las cartas sin dirección pero guiadas. La comunicación estanca de no saber de su vida por vivir para olvidar. Los retos. El trago de agua fresca que regenera y marca la bienvenida al final.
El equilibrio es imposible cuando habla de ella misma, pero no hay equilibrio sin mezclarse con él.
Paco-C

martes, 15 de febrero de 2011

EL MURO

Ella, porta un muro antiguo sin trazas al azar. Todo está hecho a conciencia por la supervivencia de su propio ser. Despojada de recursos, anegada en su muro desde la eternidad.

Sólo los ladrillos huecos permiten respirar al propio muro que calla con revocos fratasados a doble cara y a medio embastar con la espesura suficiente para que ni siquiera al otro lado de sus costados nadie, absolutamente nadie pueda notar nunca la presencia de Ella, por muy destemplada que esté.
Carece de adjetivos mamposteros que traben su testarudez. Un aparejo a soga es suficiente para dar por entendido cómo se ejecuta un muro a cara vista, cómo actúan las coloraciones rojizas de los enjarjes de las testas que miden milímetro a milímetro la distancia justa con la superposición de la espesura de su contención. Las heridas generadas por la traba de las incisiones de cualquier zuncho oxidado se colaron en cualquier descuido ante cualquier portería. No importa cuál, ni los dóndes ni por qués.
Tampoco importa el mortero que revistió aquel antepecho, ni las cargas estructurales que lo ondean del viento y  los sismos. Sólo Ella sabe que lo porta cada día en sus espaldas como carga permanente. Ni el soplo vapuleante logra aliviarla de la compresión, la comprensión y la viveza de la cal que abujardea la pala, el pico y los  sublimes y vagos capazos atestados de gravilla, arena y cemento inútiles de cualquier signo de protección. Ni siquiera el portero con ayuda de un bulldozer y barrenos de pólvora lo consiguen demoler.

Es su hogar, ese muro escondido, oscuro de divisar, pero se sabe que está. Grietas ensangrentadas que tiritan al gestarse de nuevo. Cualquier aproximación será signo de un todavía indebido acuse de recibo. En los últimos meses se han superpuesto varias hileras de piedra de las más lejanas canteras para los más lejanos porteros y abucheos de cualquier partido.
Paco-C

domingo, 13 de febrero de 2011

EL EXILIO

La forastera de aquí y allí. La de las maletas con lo justo para asaltar a cualquier pájaro que la limpie de su atmosfera cargada, cegada y desplumada. Nadie conoció nunca el motivo de sus viajes, ni la carga de su maleta; unas veces hueca y otras acongojada con su propio peso. Recluida en su muro encuentra su alivio.


Huyó de los dientes de tenedor que hurgaban sin cesar huchas de hojalata, de los impactos arrítmicos de su corazón, de los chirridos a contraluz y de dejar al alcance de cualquiera fotos que se velaban al rasgar en cruz.
La sombra se ennegrecía enmarcada en cualquier foco fundido. No hubo camino más que elegir que el exilio provocante de un final que en realidad siempre le dio igual. Su experiencia la marca.
 Ella es esquiva de alborotos y destapes de actores que la han hecho llorar sin mencionar las cuantiosas basuras ajenas. De no reparar en los errores, al no hacer algo distinto, la vida, esa tan vividora,  la podrá ante las mismas situaciones una y otra vez a fin de actuar de forma distinta aunque salten pedazos de restos que no se olvidan ni mitigándolos en medio de los rescoldos de cualquier ojo, esta vez si bien abierto y atento.
Posiblemente Ella es la sombra más sombría de las sombras que habitan y todavía coexisten al acecho de cualquier luz fulgurante y ávida de resuello. El exilio dejó hace mucho tiempo de hacerle bien y los retos estallaran de júbilo al ver su acogida.
Su exilio fue tejido con los más exactos cálculos para aliviarse de dos bandos a los que no podía Ella acercarse. Uno del justiciero de la intuición, el de los saltos de herencia y el de la más estricta negación por parte de Ella por ahorrarse dos mordiscos de lobo a cambio de portar sendas tiritas estancando su boca para impedir circular palabra alguna. El bando opuesto era el del interés, el melodrama, la apariencia y en lo que nunca creyó, en las madrastras disfrazadas con cara de lobo empolvado en harina por enmascarar cuentos chinos que no creen ni los niños de Japón porque si no hay sangre de por medio nada une como ha de unir.
Las gotas de lluvia descienden zigzagueando por el denso cristal y las lágrimas aún calientes y saladas como el primer día se escabullen hacía otro lugar hasta evaporarse. Los nublos y las sisas de la vida marcan y trascriben con sacudidas sensaciones, fenómenos inexplicables, noches mojadas, atmósferas cargadas, muros trascendentales y equilibrios imposibles por verla amanecer.
Paco-C

martes, 8 de febrero de 2011

EL AJUAR

Chipi dejó su legado. Todo estaba preparado. Entre sus restos destaca un cofre repleto de imposibles ropas de cama, la flor que sujetaba su pelo el día que más de blanco vistió, una vajilla de geometría De Stijl  que no estrenó y una cristalería minimalista sin detalles propios de trépanos y arabescos como las que rebosan en los estantes de cualquier casa. No tolera que nada sugiera el uso de su herencia, ni de sus recuerdos. Es todo lo que tiene de ella, como para ni siquiera Ella darles uso o romperlos. Nada ni nadie podría recomponerlos. Con frecuencia tiende a esquivar la mirada de ese cofre sin patas roído por el tiempo y la carcoma. Sigue siendo incierto lo que hay dentro. Puede que Ella nunca se enfrente a abrir las heridas de su tinta, del mismo modo que puede que haya alguna carta dentro de algún enigma de Chipi. Puede que nunca lo abra, quizás nunca lo haga. Es su mundo inerte y difunto, dónde no cabe haz de luz que vele su interior como lo hacen las fotos o los buenos momentos que mueren bajo el sol.
Los objetos de Chipi que están a la vista; un joyero de porcelana blanca, una caja de hojalata y un libro manuscrito a golpe de flashes, ocupan rincones inadvertidos que piden auxilio por volverse materia.
El lugar de la caja es siempre el mismo. En el extremo izquierdo de su mesita de noche, junto a sus libros de préstamo bibliotecario, a la lámpara en tonos bronce que su madre usó con esos motivos florales huecograbados sobre el vidrio más traslúcido y áspero que se pueda tocar. Su origen es incierto, pero los detalles que se sacan en claro denotan que es una caja de la hojalata más ligera y fría, estampada con flores y guirnaldas asimétricas, pero concéntricas en cada una de sus caras y aristas con tonos cálidos combinando anaranjados, ocres  y amarillos del estilo Pop Art en el que Chipi se desenvolvió. Dentro siguen intactas sus pertenencias. Un reloj, una pulsera de bolas verdes esmeralda, pendientes barrocos de dorado intenso con piedras azulonas en el centro que simulan estar talladas. Pero no menos talladas lo están las piedras de la jaqueca que recogió en la playa durante años. Las Operculum, esas piedras que trazan envolventes y volutas perfectas con forma de oreja y de matices rosados, salmones  y nácar, las cuales se añaden al recaudo de Ella, como lo sigue haciendo una rosquilla de pan por el día de San Blas que nadie llega a tirar y que nada deja echar a perder.

El álbum abarrotado de fotografías siempre ocupa el rincón de afuera, desprovisto de las miradas ajenas que sólo miran al centro de las lejas. Tercer estante a la derecha empezando desde abajo y el quinto desde arriba. Estampas gráficas en blanco y negro, algunas sepia y otras en color. Recortes ovalados o en terminaciones caprichosas muestran el origen del mundo del portero y Chipi. Sus pastas siguen igual de duras que el primer día, y los detalles de sus lomos y caras tienen ilesa todavía a la niña que se reboza entre matorrales y flores, mientras le tiende una tierna sonrisa a un pajarillo posado sobre su mano. Así, es como Chipi hubiera querido verla a Ella; ilesa, inocente, confiada, sin muros autoportantes de la arquitectura más puntera, sin gabelas ni melodramas. Pero Ella, por contra parece estar tirada en un lecho de agujas verdes vigilando el más mínimo pensamiento y acción, cómo cuando tiene que portar el carnet de identificad de la auténtica Chipi para burocracias y otros desgarros del corazón.
Nada reportaría más importancia a este álbum de los demás, sino fuera por la más concisa despedida que aparece nada más girar la tapa. Es el detalle más pequeño que dejó Chipi a conciencia y a medio hacer, sabiendo que odiaba las fotos y en contadas aparecía ella. Sabiendo probablemente que no podría terminar de expresar lo que pretendía.
Es lo único que tiene Ella de su madre. Asomarse rara vez a los cajones todavía sin mutar. Los mismos que  aún parece que huelen a ella casi veinte años después. Explorarse a sí misma para conocer sutilmente a Chipi y mirar el cuadro barroco y bruñido en tonos dorados que refulge la más larga y verde de sus paredes.
Paco-C

viernes, 14 de enero de 2011

LAS COSQUILLAS

Cuando ondean las olas le provocan vuelos vertiginosos que acarician su estómago. Las manos gestan tímidos lugares de sepultura que suturan su debilidad en cada caricia, en cada necesidad con tenues lazos.
Aficionada a posar sus dedos arácnidos en algunas que otras pieles y poco dispuesta a recibir cartas con caricias de dedos entrecortados que husmean sobre el pH de su piel regular.
Cuando anda por alguna saturada plaza repleta de flores se deja mecer por los pasos pocos firmes que recorren el aroma de sus dudas, sus treguas y sus utopías. Utopías y avenidas, dejes y cedas. A veces absurdos, pero para eso están hechas las utopías, para caminar. Y le gusta sentir el traspié extinto que le hace sentir viva entre el vencimiento y la exultación.
Parece que anda descalza pinchándose con su propia corona de espinas. Esa corona de espinas que se formó conforme iba creciendo para impedir seguir estremecerse de los vaivenes que sufre su propia entidad. Es en ese preciso instante, cuando alzaba la cabeza  por encima de su inocencia centelleante que recorre su estómago y lo golpean  con miles de mariposas de colores al pasar los badenes que asientan los puentes de un trasvase moribundo de nombre Tajo-Segura. Un trasvase desterrado, despojado y absorto de lo que fue su construcción allá por 1.976. Las  zarpas mineras de maestros de obra se instauraban en torno a las vertientes y lomas anegadas de marrubio, ortigas y amor del hortelano impregnadas a su vez del cercano candor de la humedad que han acariciado tantas veces a Chipi, al portero, a Ella y a otros tantos cuerpos.
Paco-C

miércoles, 5 de enero de 2011

EL SER

Una vez le dijeron que dijera que veía. Entonces entornó sus ojos y todo lo veía negro y compacto. No cabía nada turbio, acromático y guarnecido. No tintaba la luz ni un solo tono blanquecino, inocente e intacto. Ella cauta de ilusiones. Tiene argumentos para todas las batallas pero en sus descuidos se cuelan palabras mezquinas, alguna tóxica y raras sinceras.
Porta un esquema mental, desplegable en cualquier camino, tablero o ensueño. Cuando lo ve preciso y apremia el tiempo traza una esfera protagonista dentro su instinto, dividido en tres mitades. Tres mitades, tres mitades que a menudo duelen. La primera y más fáctil es la parte de lo que ¨le dicen¨ dónde lo protagonista no es lo que le dicen, sino lo que trascriben, que puede ser o no serlo, y si es, dejar de serlo. La segunda parte es más compleja, es la parte de lo que ¨puede ser¨, que puede ser de lo que nos parece que puede ser o no ser y parecer serlo. Y la tercera parte porta ese amplio espacio de lo que ¨es¨ que aún con toda la sinceridad dicha en ese momento y en cualquier otro, dejar de serlo.
Ya no es enemiga del tiempo, si tiene todo el tiempo del mundo. Ella, es la aliada de la reserva, de las acciones, la prudencia y los descuidos protagonistas de espabilar al ser.
Lo que dicen, lo que pueden decir y lo que realmente dicen. Hay demasiados descuidos por medio en los que caer y otros tantos en los que ahondar limpiando las heridas para protegerlas de cualquier dicho a medio decir por bocas secas de espanto con números fusilados que ni siquera están presentes.
Paco-C

Otras miradas