De la Uci, aunque sin gafas, recuerda
concretamente a Carmen, una enfermera muy entregada a su trabajo. Despilfarraba
su entrega con los pacientes por mucho que las presiones de la crisis y la
sanidad no se lo pusieran del todo fácil por los comentarios que le hacía.
Carmen se preocupaba por traerle a Ella la mejor de las opciones del desayuno.
La aseaba con mucho cariño, a pesar de que el agua caliente de la manopla dejase
de estar templada justo en el momento en que se deslizaba por ese fragmento de piel.
El
momento más desagradable sería cuando le quitaron los drenajes de su tórax. Le
ataron los hilos de las incisiones con tal fuerza que su cuerpo ascendió hasta
despegarse de la cama. En ese momento fue cuando pudo notar el dolor, pero ese
no seria el único.
La
manera de levantarse de la cama era abrazándose así misma con mucho cariño
mientras las enfermeras le ayudaban por el tronco a incorporarse. No le dolía dada
la cantidad de medicación que llevaría en su cuerpo, pero resultaba molesto. Se
sentía abierta y partida en dos como si de un esqueleto de una carnicería se
tratase.
El menú
aquellos días se reducía a caldos insípidos, purés y manzanas asadas. Allí fue
cuando tuvo que acostumbrarse a comerlas así, tan dulces y tan blandas que por
entonces no le gustaban.
Acercándose
a las 72 horas su cuerpo absorbía con velocidad los últimos sueros antes de
pasar a planta. Su cuerpo se desprendía de sondas, goteros y vías para ser un
poco más libre aunque con deberes, realizar ejercicios respiratorios con un
espirómetro hasta recuperar su capacidad pulmonar y corretear por los pasillos
con un arnés torácico. Se acabó el reposo absoluto y comenzaba su vida en planta.
Paco-C
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