Cuando ondean las olas le provocan vuelos vertiginosos que acarician su estómago. Las manos gestan tímidos lugares de sepultura que suturan su debilidad en cada caricia, en cada necesidad con tenues lazos.
Aficionada a posar sus dedos arácnidos en algunas que otras pieles y poco dispuesta a recibir cartas con caricias de dedos entrecortados que husmean sobre el pH de su piel regular.
Cuando anda por alguna saturada plaza repleta de flores se deja mecer por los pasos pocos firmes que recorren el aroma de sus dudas, sus treguas y sus utopías. Utopías y avenidas, dejes y cedas. A veces absurdos, pero para eso están hechas las utopías, para caminar. Y le gusta sentir el traspié extinto que le hace sentir viva entre el vencimiento y la exultación.
Parece que anda descalza pinchándose con su propia corona de espinas. Esa corona de espinas que se formó conforme iba creciendo para impedir seguir estremecerse de los vaivenes que sufre su propia entidad. Es en ese preciso instante, cuando alzaba la cabeza por encima de su inocencia centelleante que recorre su estómago y lo golpean con miles de mariposas de colores al pasar los badenes que asientan los puentes de un trasvase moribundo de nombre Tajo-Segura. Un trasvase desterrado, despojado y absorto de lo que fue su construcción allá por 1.976. Las zarpas mineras de maestros de obra se instauraban en torno a las vertientes y lomas anegadas de marrubio, ortigas y amor del hortelano impregnadas a su vez del cercano candor de la humedad que han acariciado tantas veces a Chipi, al portero, a Ella y a otros tantos cuerpos.
Paco-C
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