Ella, porta un muro antiguo sin trazas al azar. Todo está hecho a conciencia por la supervivencia de su propio ser. Despojada de recursos, anegada en su muro desde la eternidad.
Sólo los ladrillos huecos permiten respirar al propio muro que calla con revocos fratasados a doble cara y a medio embastar con la espesura suficiente para que ni siquiera al otro lado de sus costados nadie, absolutamente nadie pueda notar nunca la presencia de Ella, por muy destemplada que esté.
Carece de adjetivos mamposteros que traben su testarudez. Un aparejo a soga es suficiente para dar por entendido cómo se ejecuta un muro a cara vista, cómo actúan las coloraciones rojizas de los enjarjes de las testas que miden milímetro a milímetro la distancia justa con la superposición de la espesura de su contención. Las heridas generadas por la traba de las incisiones de cualquier zuncho oxidado se colaron en cualquier descuido ante cualquier portería. No importa cuál, ni los dóndes ni por qués.
Tampoco importa el mortero que revistió aquel antepecho, ni las cargas estructurales que lo ondean del viento y los sismos. Sólo Ella sabe que lo porta cada día en sus espaldas como carga permanente. Ni el soplo vapuleante logra aliviarla de la compresión, la comprensión y la viveza de la cal que abujardea la pala, el pico y los sublimes y vagos capazos atestados de gravilla, arena y cemento inútiles de cualquier signo de protección. Ni siquiera el portero con ayuda de un bulldozer y barrenos de pólvora lo consiguen demoler.
Es su hogar, ese muro escondido, oscuro de divisar, pero se sabe que está. Grietas ensangrentadas que tiritan al gestarse de nuevo. Cualquier aproximación será signo de un todavía indebido acuse de recibo. En los últimos meses se han superpuesto varias hileras de piedra de las más lejanas canteras para los más lejanos porteros y abucheos de cualquier partido.
Paco-C

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