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domingo, 29 de mayo de 2011

EL ADIÓS


Es el movimiento de mano que se le da tan mal hacer. Prefiere no ondear sus astas y hundirlas con afán como cuando echas mano al bolsillo para ver que encentras aún sabiendo que nada llevas, que nada buscas y que a nadie engañas.

Entre todos los adioses, los hay que salen cuando no se cumplen las promesas, otros que se forjan desde la desmesura del para siempre y los que aclaman un cuerpo presente.

Ella ha oído tantas veces desde la garganta del portero como Chipi se despedía de él con un adiós con la mano justo antes de marcharse. Se marchó en algún kilómetro de esa autovía en una carroza con luces parpadeantes y el canto de las sirenas camino de hacerla revivir. Chipi quedó allí, en ese punto no concretado con el paso de los años, pero sí un punto que marcó su sepultura y confirmó aquellas tímidas palabras de despedida de aquel álbum de recuerdos. Ese álbum está repleto de fotos del portero, de Chipi, y otras tantas de la familia y amigos. Ella todavía hoy se encuentra cada vez que decide ojearlo inscrito en la tapa delantera dos palabras a medio acabar -Ella, Recuerdos y- que esbozan una despedida profunda, llena de miedos y con el sabor y el desmán más triste de todos de la mano temblona de Chipi como si muriera justo al salir el sol en ese arduo día dos de agosto del año que nunca importa, porque nunca pasa ni caduca. Para Ella ese adiós fue más leve en ese momento, pero más significante aunque fuera como simbolizar el salirse de una cama y meterse en otra para no destemplarse.

 
Tras el tiempo, vivió entre un adiós constante un verano por dejar desconcharse de su coraza los más recónditos enseres de su alma que se tostaban sobre la hoguera la noche de San Juan. El mismo adiós, el que todos decían el de ¨siempre¨, el elegido, que lloraba por marcharse y soplaba por volver. Fue el otoño tardío quién finalmente arrancó de cuajo una hoja imposible de volver a salir al encuentro de estallidos de color por las bombas nucleares que pesaban. 
Sólo los unía una historia parecida y llena de kilómetros. Un de aquí para allá. De la infancia a la madurez. De una caverna de lobos a un albergue. Del tomar al dar. Del sentir al despreciar. Del cambio de kilómetros de vida al remordimiento del combustible infectado y vertido en el último tramo que marca las vacaciones. Ahí reparó Ella. En que una cosa es darle vacaciones y otra distinta es cuando Ella las quiso coger sin necesidad ya de pararse a mirar los números del contador. Eran vidas nuevas pero con muchos kilómetros recorridos anegados por sus intrahistorias. Eran meses vividos y mordidos sin dirección alguna.

Ahora no le resulta fácil decir adiós tampoco, por haber perdido tantas cosas de las pocas que tenía y por no haberse podido despedir de lo más importante. Más hojas quedan por escribir sobre Ella, pero pocas más tristes que el decir adiós a los latigazos ya por fin asentados de media vida.
Paco-C

jueves, 24 de marzo de 2011

EL GRITO

Puede que Edgar Munch quisiera vomitar para pedir ayuda en cada uno de sus cuadros por los cuales otros verterían risas o lástima más tarde. Entre las grietas que se gestan después del paso de la humedad en la tierra más seca cunde el pánico en cualquier acequia con cualquier paso de Ella. Su futuro se estrellaba como lo hicieron aquellas cartas por terminar hasta en restos de cenizas en aquel final de retirada ante tantos lobos. No se rindió, sólo gritó, sólo desaguó, sólo se perdió como un capricho que la vida te concede.
Después de tantas quimeras que lapidaron cada zona de su cuerpo deserto, fulgurante y atroz nada parece suficiente, ni siquiera falto. Todo le fue servido muy frío cuando más indefensa estuvo. El grito no es grito en sí. Es el eco. El eco que quedó cuando su corazón acongojado de cargas, sentimentalismos y trastos estalló en mil pedazos. Su eco es el peso que soportan sus delicadas espaldas que no se rellenaron nunca con palabras y caricias, por no aprender a hablar en partidos de otro tiempo, en batallas del hoy. Por eso no es más grande el grito más grave, sino la gravedad con que uno grita, el impulso con que se coge el aire que es de todos.

Pulió sus intereses y gestó su sentir. Se dejo llevar hasta habitar dentro de su muro con el eco de estremecedoras canciones, con sus pinturas y las de otros reconocidos y con dotes escépticas de lo que ocurría alrededor. Del mismo modo que se dejó caer en el momento preciso, justo cuando las más grandes pérdidas habían pasado sumida en la más profunda desprotección. Así creció.
No pudo soportar su carga más. No pudo soportarse más. Cayó por su propio peso. Era el momento preciso. Cuando los días dejaron de adquirir connotaciones distintas y los lunes eran igual que los martes y los miércoles las lastra de nunca acabar. Algo iba mal. Todo iba demasiado mal. Tocó fondo aquella noche mientras soñaba que acostada en el suelo helado, hiriente y tieso se caía al vacío. Fue justo en verano cuando hasta las brevas más verdes comienzan a caer después de haberse salvado de los picotazos y tiros de los gorriones. Aquel día gritó fuerte y pidió ayuda cuando los llantos y el dolor la dejaban hablar sin ahogarse.
Nada podía seguir así. La vida era otra cosa, no eso y Ella lo sabía. Los sueños debían de ser otros. El rumbo dejó de tutelar al destino. Era el momento de poner orden en su caos y desvelar sus enigmas, de no juzgarse duramente, de traer consigo sensaciones excepcionales de cuando las cosas tenían buena temperatura. A calmar a esa niña arrancada de lo más grande que apenas pudo tener y si su vida era una prolongación de la de Chipi tenía que asumir muchos retos con aplomo.
La última vez que vomitó fue para resolver uno de sus retos. Hablar sin miedo a perder algo más de lo que había perdido a lo largo de su corta vida. ¿Qué miedo podría tenerle al portero después de todo lo que había perdido? Repasó los botones de éste uno a uno, año tras año, historia tras historia, dolor a dolor y sangrado a sangrado para Ella marcar el sitio que él nunca le dió.
Paco-C

lunes, 21 de febrero de 2011

EL EQUILIBRIO

Hay vidas estables, perennes, estancas y hasta las hay de equilibristas. La de Ella es una de esas. Es la equilibrista que se amortigua de los baches del camino por no llegar al final demasiado rápido y por no sesgar ya el camino. Equilibrista desequilibrada. Presa de las curvas interminables que ni curan ni se acopian, como siempre. Tan sólo la marean, la envenenan y la marcan como marca el tiempo y el espacio con sus facturas.
La vida es su camino y su camino su experiencia. Su camino se adquiere por medio de las curvas paliativas distando de su desorden. Unas veces más recto y otras más enrevesado, pero siempre alumbrado con sus restos, gestos y con la mirada que Chipi le tiende desde la Luna.

Hay días más grandes y más pequeños. Más ecuánimes o más cóncavos. Hay también noches más lúcidas que las embriagadas.  Noches interminables enajenadas de recuerdos, desaguando vasos de agua con mariposas o tercios que transformaban el propio amargor de Ella en el de la cebada y así sonreír un instante eternamente. Eran noches tan vivas cómo la Luna cuando dejaba atrás el Sol. El calor del verano. La brisa pegajosa del mar. Las acampadas en su orilla con los cuerpos más verdes que existen. Los helados antros bajo cero como último recurso. La embriaguez como equilibrio. Las botellas de vidrio escarchado liquidadas cómo primero. La última cerveza caliente. Los momentos que vaciaban problemas por sentirse llena. El vaso que no  quita la sed ni borra malos litigios La obsoleta tontería que genera la risa imparable. Las aceras diligentes o lánguidas que se traspapelan sin dejarla volver. Los folios apilados del día siguiente. La culpa. Desaguar el vaso. Beber de los charcos. Horas prensadas que tocan fondo. Lavar las culpas. Desmaquillarse en la almohada. Almorzar antes de ir a la cama. Los buenos días que son buenas tardes. El sol bajo. Domingos que no quieren dormir por despertar en lunes. Caminar en círculos concéntricos. Gritar. Apariencias rotas. Las cartas sin dirección pero guiadas. La comunicación estanca de no saber de su vida por vivir para olvidar. Los retos. El trago de agua fresca que regenera y marca la bienvenida al final.
El equilibrio es imposible cuando habla de ella misma, pero no hay equilibrio sin mezclarse con él.
Paco-C

martes, 15 de febrero de 2011

EL MURO

Ella, porta un muro antiguo sin trazas al azar. Todo está hecho a conciencia por la supervivencia de su propio ser. Despojada de recursos, anegada en su muro desde la eternidad.

Sólo los ladrillos huecos permiten respirar al propio muro que calla con revocos fratasados a doble cara y a medio embastar con la espesura suficiente para que ni siquiera al otro lado de sus costados nadie, absolutamente nadie pueda notar nunca la presencia de Ella, por muy destemplada que esté.
Carece de adjetivos mamposteros que traben su testarudez. Un aparejo a soga es suficiente para dar por entendido cómo se ejecuta un muro a cara vista, cómo actúan las coloraciones rojizas de los enjarjes de las testas que miden milímetro a milímetro la distancia justa con la superposición de la espesura de su contención. Las heridas generadas por la traba de las incisiones de cualquier zuncho oxidado se colaron en cualquier descuido ante cualquier portería. No importa cuál, ni los dóndes ni por qués.
Tampoco importa el mortero que revistió aquel antepecho, ni las cargas estructurales que lo ondean del viento y  los sismos. Sólo Ella sabe que lo porta cada día en sus espaldas como carga permanente. Ni el soplo vapuleante logra aliviarla de la compresión, la comprensión y la viveza de la cal que abujardea la pala, el pico y los  sublimes y vagos capazos atestados de gravilla, arena y cemento inútiles de cualquier signo de protección. Ni siquiera el portero con ayuda de un bulldozer y barrenos de pólvora lo consiguen demoler.

Es su hogar, ese muro escondido, oscuro de divisar, pero se sabe que está. Grietas ensangrentadas que tiritan al gestarse de nuevo. Cualquier aproximación será signo de un todavía indebido acuse de recibo. En los últimos meses se han superpuesto varias hileras de piedra de las más lejanas canteras para los más lejanos porteros y abucheos de cualquier partido.
Paco-C

domingo, 13 de febrero de 2011

EL EXILIO

La forastera de aquí y allí. La de las maletas con lo justo para asaltar a cualquier pájaro que la limpie de su atmosfera cargada, cegada y desplumada. Nadie conoció nunca el motivo de sus viajes, ni la carga de su maleta; unas veces hueca y otras acongojada con su propio peso. Recluida en su muro encuentra su alivio.


Huyó de los dientes de tenedor que hurgaban sin cesar huchas de hojalata, de los impactos arrítmicos de su corazón, de los chirridos a contraluz y de dejar al alcance de cualquiera fotos que se velaban al rasgar en cruz.
La sombra se ennegrecía enmarcada en cualquier foco fundido. No hubo camino más que elegir que el exilio provocante de un final que en realidad siempre le dio igual. Su experiencia la marca.
 Ella es esquiva de alborotos y destapes de actores que la han hecho llorar sin mencionar las cuantiosas basuras ajenas. De no reparar en los errores, al no hacer algo distinto, la vida, esa tan vividora,  la podrá ante las mismas situaciones una y otra vez a fin de actuar de forma distinta aunque salten pedazos de restos que no se olvidan ni mitigándolos en medio de los rescoldos de cualquier ojo, esta vez si bien abierto y atento.
Posiblemente Ella es la sombra más sombría de las sombras que habitan y todavía coexisten al acecho de cualquier luz fulgurante y ávida de resuello. El exilio dejó hace mucho tiempo de hacerle bien y los retos estallaran de júbilo al ver su acogida.
Su exilio fue tejido con los más exactos cálculos para aliviarse de dos bandos a los que no podía Ella acercarse. Uno del justiciero de la intuición, el de los saltos de herencia y el de la más estricta negación por parte de Ella por ahorrarse dos mordiscos de lobo a cambio de portar sendas tiritas estancando su boca para impedir circular palabra alguna. El bando opuesto era el del interés, el melodrama, la apariencia y en lo que nunca creyó, en las madrastras disfrazadas con cara de lobo empolvado en harina por enmascarar cuentos chinos que no creen ni los niños de Japón porque si no hay sangre de por medio nada une como ha de unir.
Las gotas de lluvia descienden zigzagueando por el denso cristal y las lágrimas aún calientes y saladas como el primer día se escabullen hacía otro lugar hasta evaporarse. Los nublos y las sisas de la vida marcan y trascriben con sacudidas sensaciones, fenómenos inexplicables, noches mojadas, atmósferas cargadas, muros trascendentales y equilibrios imposibles por verla amanecer.
Paco-C

martes, 8 de febrero de 2011

EL AJUAR

Chipi dejó su legado. Todo estaba preparado. Entre sus restos destaca un cofre repleto de imposibles ropas de cama, la flor que sujetaba su pelo el día que más de blanco vistió, una vajilla de geometría De Stijl  que no estrenó y una cristalería minimalista sin detalles propios de trépanos y arabescos como las que rebosan en los estantes de cualquier casa. No tolera que nada sugiera el uso de su herencia, ni de sus recuerdos. Es todo lo que tiene de ella, como para ni siquiera Ella darles uso o romperlos. Nada ni nadie podría recomponerlos. Con frecuencia tiende a esquivar la mirada de ese cofre sin patas roído por el tiempo y la carcoma. Sigue siendo incierto lo que hay dentro. Puede que Ella nunca se enfrente a abrir las heridas de su tinta, del mismo modo que puede que haya alguna carta dentro de algún enigma de Chipi. Puede que nunca lo abra, quizás nunca lo haga. Es su mundo inerte y difunto, dónde no cabe haz de luz que vele su interior como lo hacen las fotos o los buenos momentos que mueren bajo el sol.
Los objetos de Chipi que están a la vista; un joyero de porcelana blanca, una caja de hojalata y un libro manuscrito a golpe de flashes, ocupan rincones inadvertidos que piden auxilio por volverse materia.
El lugar de la caja es siempre el mismo. En el extremo izquierdo de su mesita de noche, junto a sus libros de préstamo bibliotecario, a la lámpara en tonos bronce que su madre usó con esos motivos florales huecograbados sobre el vidrio más traslúcido y áspero que se pueda tocar. Su origen es incierto, pero los detalles que se sacan en claro denotan que es una caja de la hojalata más ligera y fría, estampada con flores y guirnaldas asimétricas, pero concéntricas en cada una de sus caras y aristas con tonos cálidos combinando anaranjados, ocres  y amarillos del estilo Pop Art en el que Chipi se desenvolvió. Dentro siguen intactas sus pertenencias. Un reloj, una pulsera de bolas verdes esmeralda, pendientes barrocos de dorado intenso con piedras azulonas en el centro que simulan estar talladas. Pero no menos talladas lo están las piedras de la jaqueca que recogió en la playa durante años. Las Operculum, esas piedras que trazan envolventes y volutas perfectas con forma de oreja y de matices rosados, salmones  y nácar, las cuales se añaden al recaudo de Ella, como lo sigue haciendo una rosquilla de pan por el día de San Blas que nadie llega a tirar y que nada deja echar a perder.

El álbum abarrotado de fotografías siempre ocupa el rincón de afuera, desprovisto de las miradas ajenas que sólo miran al centro de las lejas. Tercer estante a la derecha empezando desde abajo y el quinto desde arriba. Estampas gráficas en blanco y negro, algunas sepia y otras en color. Recortes ovalados o en terminaciones caprichosas muestran el origen del mundo del portero y Chipi. Sus pastas siguen igual de duras que el primer día, y los detalles de sus lomos y caras tienen ilesa todavía a la niña que se reboza entre matorrales y flores, mientras le tiende una tierna sonrisa a un pajarillo posado sobre su mano. Así, es como Chipi hubiera querido verla a Ella; ilesa, inocente, confiada, sin muros autoportantes de la arquitectura más puntera, sin gabelas ni melodramas. Pero Ella, por contra parece estar tirada en un lecho de agujas verdes vigilando el más mínimo pensamiento y acción, cómo cuando tiene que portar el carnet de identificad de la auténtica Chipi para burocracias y otros desgarros del corazón.
Nada reportaría más importancia a este álbum de los demás, sino fuera por la más concisa despedida que aparece nada más girar la tapa. Es el detalle más pequeño que dejó Chipi a conciencia y a medio hacer, sabiendo que odiaba las fotos y en contadas aparecía ella. Sabiendo probablemente que no podría terminar de expresar lo que pretendía.
Es lo único que tiene Ella de su madre. Asomarse rara vez a los cajones todavía sin mutar. Los mismos que  aún parece que huelen a ella casi veinte años después. Explorarse a sí misma para conocer sutilmente a Chipi y mirar el cuadro barroco y bruñido en tonos dorados que refulge la más larga y verde de sus paredes.
Paco-C

miércoles, 5 de enero de 2011

EL SER

Una vez le dijeron que dijera que veía. Entonces entornó sus ojos y todo lo veía negro y compacto. No cabía nada turbio, acromático y guarnecido. No tintaba la luz ni un solo tono blanquecino, inocente e intacto. Ella cauta de ilusiones. Tiene argumentos para todas las batallas pero en sus descuidos se cuelan palabras mezquinas, alguna tóxica y raras sinceras.
Porta un esquema mental, desplegable en cualquier camino, tablero o ensueño. Cuando lo ve preciso y apremia el tiempo traza una esfera protagonista dentro su instinto, dividido en tres mitades. Tres mitades, tres mitades que a menudo duelen. La primera y más fáctil es la parte de lo que ¨le dicen¨ dónde lo protagonista no es lo que le dicen, sino lo que trascriben, que puede ser o no serlo, y si es, dejar de serlo. La segunda parte es más compleja, es la parte de lo que ¨puede ser¨, que puede ser de lo que nos parece que puede ser o no ser y parecer serlo. Y la tercera parte porta ese amplio espacio de lo que ¨es¨ que aún con toda la sinceridad dicha en ese momento y en cualquier otro, dejar de serlo.
Ya no es enemiga del tiempo, si tiene todo el tiempo del mundo. Ella, es la aliada de la reserva, de las acciones, la prudencia y los descuidos protagonistas de espabilar al ser.
Lo que dicen, lo que pueden decir y lo que realmente dicen. Hay demasiados descuidos por medio en los que caer y otros tantos en los que ahondar limpiando las heridas para protegerlas de cualquier dicho a medio decir por bocas secas de espanto con números fusilados que ni siquera están presentes.
Paco-C

jueves, 14 de octubre de 2010

EL AMOR

Raro sentimiento que a menudo pasa por nuestro corazón, nadie sabe de dónde viene ni a donde va. Por momentos se detiene y con las mismas sale disparado por la angustia de habernos tocado.
Ha visto amores de cerca, amores suyos, amores de otros, unos la han tocado de lleno, otros los ha vivido de fuera hasta espabilarla con lecciones desde el punto de la observación para cuando de verdad le toque ejercer ciertos roles.
Sabe que el amor se reserva desde que nace, y que siempre siente la necesidad de salir cuando brotan sus raíces y emergen del corazón hasta el exterior de uno mismo hasta blincar la tapia de la otra persona, pero una vez que salta desperdicia las burbujas del misterio que arrastran el amor al abismo.
Ella piensa que el amor dura todo y no dura nada, para que engañar a su sensibilidad abstracta y las ganas de enamorarse. Trae principios muy buenos con finales si cabe mejores porque terminan en duelo, en juicio y en la incógnita de muchas películas de lo que está por venir. Ya lo decía Eduard Puntset, el alma está en el cerebro, y con ello también el amor que es querer y calibra el sentido y los motivos para creer en él.
El amor  primero se siente, luego se hace y después muere. No es sólo una necesidad biológica aunque a veces la oscuridad y la luna tenue lo confudan. Tanto a falta de amor como el exceso de ella pueden perjudicar seriamente la salud..
Paco-C

miércoles, 13 de octubre de 2010

EL QUERER

Cada uno tiene una forma extraña de querer a rabiar a alguien, a veces hasta se le  hace rabiar de verdad de la forma más mezquina. Siempre lleva a mano un refrán español que dice; tanto quiere el demonio a los hijos que les saca los ojos. Cuánta  razón lleva.
Otras veces no sabes por qué quieres tanto una cosa tan pequeña si cuando crece se revuelca en el caos del universo.
El querer a veces se convierte en el sentir, para luego no sentir, el dar para luego no dar, el querer para al final no quererlo.
A veces Ella quiere lo que no tiene y desecha lo que tiene. No quiere que nadie intente rellenar con material denso sus faltas, porque entonces todo acaba faltándole. Sabe que su manera de querer a veces la encierra.
Sus pesadillas, remordimientos, tropiezos y otros accidentes apenas le han dejado tiempo para mirarse, quererse y amarse, porque en realidad a nadie le tiene que resultar egoísta saber quién es, que da y que recibe de ello. Si ellos dicen que es, puede que Ella pueda serlo o que todos se equivoquen respecto de Ella, pero si hay nexos en común, eso ya no es tan común. Ahora ejercita una breve lista para creerse quién en realidad es.
En realidad el querer no lo es todo, no terminan las cosas solo queriéndolas igual que el veneno que no mata, la sed que no se apaga o la muerte que no cura que Machado escribe en uno de sus poemas. Todavía en la vida existen quereres con los que no podemos.
Paco-C

lunes, 11 de octubre de 2010

LA SANGRE

Si el mundo estaba contenido en medio del mar y la fragancia en el vaso, no resulta extraño que el ser humano pudiera estar vertido en carmín líquido que regaba con pasión cada músculo.
A veces Ella sufría desbordamientos de pasión por la nariz en medio de la adolescencia. Entonces los tablachos saltaban y sus despojos salían con impulso como si le hubieran dado un puñetazo.
Cuenta una noche que tanto se regaron los campos que se desbordaron y arrastraron a su abuela entre cuajones de carmín hasta los pies de su cama. Siempre ha escuchado que la sangre es el bálsamo de uno mismo, que a veces se embriaga y genera cantidades extremas que se derraman del vaso.
 Hay que saber contener la fragancia del vaso, desaguarlo cuando sea conveniente en el momento preciso sin brusquedades para que no se vierta el contenido entre las vísceras calladas que solo rugen de hambre en el momento menos oportuno por irrumpir afuera.

Sabe que hubo un corazón que crecía en forma de gota y era tal el peso que soportaba su raíz que estalló en mil pedazos. Ella aún lleva clavadas varias raspas de él en su pecho que ni el tiempo logra mermar de lo crudas que están.
Paco-C

sábado, 9 de octubre de 2010

LA CEGUERA

Nunca ha escondido que pendieran telas de araña sobre sus cristalinos ojos. Tampoco escondió que cientos de veces cerrara los ojos y se viera ciega ante situaciones que la hacían estremecer de desasosiego. Prefería levantarse a media noche a tientas sin coger sus gafas antes que cerrar los ojos para aislarse. No sentía el fuego pero olía el denso humo que atestaba sus lapsos.
A veces vienen fantasmas y se van, otras se quedan alimentando su mente con dúctiles espejismos de cuando era perseguida sin encontrar una salida con las palabras que no cuentan ni la mitad de sus quimeras
Nadie sabe dónde empezó y dónde se derrocó la batalla ni si es persistente como sus constantes vitales, pero sí que cada vez que llega a casa tarde no enciende la luz de la escalera. Prefiere subir a oscuras entre la tenue luz de su teléfono móvil recordando que mientras abre la puerta alguien encende la luz de su mesilla de noche.
Todavía hoy a veces ni se molesta en abrir los ojos o dirigir su mirada, si muchos aún  tienen su vista perdida.
Paco-C

viernes, 1 de octubre de 2010

LA DISTRACCIÓN

Para evadirse de los lobos y otros actores creó una especie de mundo a su medida que le proporcionara la tranquilidad y la evasión que su vida, aparentemente normal no le aportaba. Captaba fácilmente cosas simples que veía por la calle, las mismas que le sugerían millones de cosas. Jugaba con trastos que daban vida a cosas triviales, ramas, serrín y hasta alguna vez se ha sentado en un brazo del sofá de eskay de casa de sus abuelos  y mirando hacía abajo sin un espejo delante ha comenzado a escalonarse el flequillo.
Tendía a mirar hacía el suelo a cada paso que daba posiblemente fruto de aquella vez que quedó impactada por algo, como la vez que al estar a punto de coger del suelo una soga larga y fina, resultó ser una fila enorme de orugas que cuelgan su plaga dentro de bolsas en los pinos. Otra vez al estrenar unas gafas nuevas con otra graduación le sucedió algo parecido, no entendía porque al ponerse las gafas y mirar el suelo, veía éste lleno de portales con cierto desnivel y al quitárselas volvía a ver la realidad tal cual era..
Puede que sean estos motivos los que con frecuencia la lleven a fotografiar el suelo cuando encuentra un motivo poco evidente que le sugiere algo, aunque sólo sea un mero reflejo. Todavía no cuenta con una cámara réflex. Lo que sí es evidente es que fotografía y más tarde pinta un motivo  sobre esa imagen siempre con ojos de ciego para no terminar de revelar el significado íntegro de cada tiro. Desde hace años mira al suelo porque sabe que aquí en la tierra hay mucho que seguir captando y que por muy lejos que le quede el cielo no la va a olvidar nunca.
Paco-C



jueves, 30 de septiembre de 2010

EL RUIDO

Siempre le achacaron que tenía buen oído, no musical, porque de eso apenas nadie la entiende, sino de su capacidad de adaptación para escuchar hasta cuando el sonido más callado estaba en off.
Ella lo vio siempre como una especie de músculo que ejercitó sin querer en medio de aquella camada de lobos donde reinaban los murmullos en su contra. De todas maneras cuenta que leyó por ahí que si existe alguna anomalía en alguno de los sentidos siempre habría otro que se desarrollaría más. Aprendió a estar ciega como su entorno hacía y aprendió a saber escuchar para reflexionar cuando llegara el tiempo de extinguirse de la manada al emprender su huida. Su vida siempre ha tenido ruido de fondo a veces afable y otro más dolorido.
Tiene ciertos sonidos que rememoran otro tiempo, como el golpeo de las muletas contra el suelo, al igual que cuando oye arrastrar el andador por la plaqueta, cuando alguien va a gatas, el sonido del mechero falto de piedra, los grandes estornudos, la transportaban directamente hasta su abuelo paterno.
En cambio siempre que oye una escoba de palmas rasgando el suelo la transportan hasta su abuela paterna barriendo hojas de higuera y levantando aquel polvo picajoso.
A su abuelo materno lo rememora cuando oye ciertas cisternas descargar agua debido a su peculiar forma de llamar al wc, vate.
Del mismo modo cuando oye la fregona agitarse en medio del cubo con agua y friegasuelos atraen la figura de su abuela materna que cada vez que la visitaba aprovechaba para que le ayudara con la limpieza. También tenía una forma peculiar de sugerirle una limpieza rápida como que pasara el mocho una chispa por el medio.
El sonido de las latas de refresco siempre le hace recordar a su andamio más cercano, el de la amiga que siempre ha sido como su hermana aunque el tiempo y la distancia las hayan disipado y resurgido. Su amiga tiene especial debilidad al doblar cada lata que ve a su paso.
El canto de las tórtolas, las palomas la sumergían en el lapso que la vio crecer. Había algo que verdaderamente la aterraba, era el sonido de los helicópteros.
Paco-C

miércoles, 29 de septiembre de 2010

LA RABIA

Las presiones y malas estancias en la morada fomentaron que Ella fuera perdiendo el ardor de los secanos y el del abuelo l, algo que nunca debió hacer, pero se vio forzada para evitar una peor estancia entre aquella fría camada.
Quizá no fue su rabia la que dio rienda de expulsión y represión, sino la rabia en sí, que harta de callar y calmarse cosas sin recurrir al exterior estalló. Era la rabia de las rabias, la rabia que ordena sobre las iras de cada uno.
Fue como no saber decirle a la su rabia que ya debía salir y entonces la rabia de las rabias vomitó. Vomitó y lo hizo en medio de un bancal, en la parte trasera de la casa, lejos de la fachada. Arqueó cartas, las mismas que recibió tiempo atrás de alguna loba, cartas sembradas de palabras que sólo germinaron al principio. Ahí entendió lo que quería decir Nietzsche con eso de confundir lo último con lo primero. El principio escrito, franqueado y el vivido nada tenían que ver con los últimos años y el portazo final a aquella residencia.
Sacó las cartas con disimulo en la caja donde las guardaba. No pudo sujetar las ganas contenidas a la hora de deshacerse de ellas y las tiró contra el suelo con todo el coraje contenido por la prisa de otros, por la urgencia de una cama, por la soltura de las camisas recién planchadas, por la viveza de un beso al cerrar la puerta después de cada jornada laboral y lo que es más inhumano, repudiar el seguir viéndose solo.
Después hubo alguna que otra rabia mas contenida qué sacó llena de furia, como desquite aprovechando un torrente bastante parecido al de los lobos que aún Ella recordaba mojados en su recuerdo, en las que la prisa de alguien suponía situaciones incomprendidas para Ella. Fue un acto en el que Ella quiso eludir al tener que darle una pastilla a su perro enfermo y con malas maneras sugirió que lo hiciera otra persona insinuando que le tocaba al portero, que se dignara a hacer algo que no fuera sólo de su competencia.
Ahora Ella sabe a quién van dirigidas esas rabias que se forman,  que surgen sin querer como símbolo de protección ante cualquier sabotaje, ya que si nadie de su sangre le achacaba nada, tampoco ningún agente exterior tenía por qué hacerlo y menos poniendo Ella de su parte. Ha aprendido a sacar su carácter como medio de subsistencia y a veces parece que su boca muerde cuando comienzan a brotar de ella las palabras. Un comportamiento aprendido mediante su aislamiento en aquella morada de lobos todavía salpicados en su memoria ante cualquier asesino lento.
Paco-C

martes, 28 de septiembre de 2010

EL DAÑO

Su infancia marcada con el detonante de la partida de su madre al descanso eterno siempre la andaba marcando. Tuvo que soportar la aparente inocencia de los niños cuando le preguntaban por lo que no tenía y que la inmensa mayoría si viene conservando a lo largo de su camino.
No sólo le dolía cuando las preguntas iban directamente a ella, sino también recuerda una tarde en pleno calor de secano cuando todos los primos jugaban juntos y uno de ellos le preguntó a otro que donde estaba su padre, éste último que acababa de perder a su padre le respondió que estaba malo saliendo del paso y el primero respondió con descaro que estaba muerto. Ahí fue cuando empezó a ver la crudeza con la que muchas veces nos enfrentamos a poner una barrera a las duras pérdidas del ser y la extorsión que comete la  inexperiencia de los que conservan todo intacto.
El tiempo no deja de ser el eterno compañero de Ella tratando de sobrellevar el temporizador que controla su particular alarma de incendios. Su alarma desbasta  emociones que se oponen a dormir, atraviesan su espíritu sin licencia para conducir por las avenidas más angostas de su corazón.
El daño es el amo malévolo y trajinante de su memoria. Sus daños han venido siendo muchos y optó por querer olvidarlos para cuando le preguntaran no volver a recordarlos porque el daño irreparablemente sigue ahí, en su suburbio interior.
Paco-C

Otras miradas