Es el movimiento de mano que se le da tan mal hacer. Prefiere no ondear sus astas y hundirlas con afán como cuando echas mano al bolsillo para ver que encentras aún sabiendo que nada llevas, que nada buscas y que a nadie engañas.
Entre todos los adioses, los hay que salen cuando no se cumplen las promesas, otros que se forjan desde la desmesura del para siempre y los que aclaman un cuerpo presente.
Ella ha oído tantas veces desde la garganta del portero como Chipi se despedía de él con un adiós con la mano justo antes de marcharse. Se marchó en algún kilómetro de esa autovía en una carroza con luces parpadeantes y el canto de las sirenas camino de hacerla revivir. Chipi quedó allí, en ese punto no concretado con el paso de los años, pero sí un punto que marcó su sepultura y confirmó aquellas tímidas palabras de despedida de aquel álbum de recuerdos. Ese álbum está repleto de fotos del portero, de Chipi, y otras tantas de la familia y amigos. Ella todavía hoy se encuentra cada vez que decide ojearlo inscrito en la tapa delantera dos palabras a medio acabar -Ella, Recuerdos y- que esbozan una despedida profunda, llena de miedos y con el sabor y el desmán más triste de todos de la mano temblona de Chipi como si muriera justo al salir el sol en ese arduo día dos de agosto del año que nunca importa, porque nunca pasa ni caduca. Para Ella ese adiós fue más leve en ese momento, pero más significante aunque fuera como simbolizar el salirse de una cama y meterse en otra para no destemplarse.
Tras el tiempo, vivió entre un adiós constante un verano por dejar desconcharse de su coraza los más recónditos enseres de su alma que se tostaban sobre la hoguera la noche de San Juan. El mismo adiós, el que todos decían el de ¨siempre¨, el elegido, que lloraba por marcharse y soplaba por volver. Fue el otoño tardío quién finalmente arrancó de cuajo una hoja imposible de volver a salir al encuentro de estallidos de color por las bombas nucleares que pesaban.
Sólo los unía una historia parecida y llena de kilómetros. Un de aquí para allá. De la infancia a la madurez. De una caverna de lobos a un albergue. Del tomar al dar. Del sentir al despreciar. Del cambio de kilómetros de vida al remordimiento del combustible infectado y vertido en el último tramo que marca las vacaciones. Ahí reparó Ella. En que una cosa es darle vacaciones y otra distinta es cuando Ella las quiso coger sin necesidad ya de pararse a mirar los números del contador. Eran vidas nuevas pero con muchos kilómetros recorridos anegados por sus intrahistorias. Eran meses vividos y mordidos sin dirección alguna.
Ahora no le resulta fácil decir adiós tampoco, por haber perdido tantas cosas de las pocas que tenía y por no haberse podido despedir de lo más importante. Más hojas quedan por escribir sobre Ella, pero pocas más tristes que el decir adiós a los latigazos ya por fin asentados de media vida.
Paco-C






