Puede que Edgar Munch quisiera vomitar para pedir ayuda en cada uno de sus cuadros por los cuales otros verterían risas o lástima más tarde. Entre las grietas que se gestan después del paso de la humedad en la tierra más seca cunde el pánico en cualquier acequia con cualquier paso de Ella. Su futuro se estrellaba como lo hicieron aquellas cartas por terminar hasta en restos de cenizas en aquel final de retirada ante tantos lobos. No se rindió, sólo gritó, sólo desaguó, sólo se perdió como un capricho que la vida te concede.
Después de tantas quimeras que lapidaron cada zona de su cuerpo deserto, fulgurante y atroz nada parece suficiente, ni siquiera falto. Todo le fue servido muy frío cuando más indefensa estuvo. El grito no es grito en sí. Es el eco. El eco que quedó cuando su corazón acongojado de cargas, sentimentalismos y trastos estalló en mil pedazos. Su eco es el peso que soportan sus delicadas espaldas que no se rellenaron nunca con palabras y caricias, por no aprender a hablar en partidos de otro tiempo, en batallas del hoy. Por eso no es más grande el grito más grave, sino la gravedad con que uno grita, el impulso con que se coge el aire que es de todos.
Pulió sus intereses y gestó su sentir. Se dejo llevar hasta habitar dentro de su muro con el eco de estremecedoras canciones, con sus pinturas y las de otros reconocidos y con dotes escépticas de lo que ocurría alrededor. Del mismo modo que se dejó caer en el momento preciso, justo cuando las más grandes pérdidas habían pasado sumida en la más profunda desprotección. Así creció.
No pudo soportar su carga más. No pudo soportarse más. Cayó por su propio peso. Era el momento preciso. Cuando los días dejaron de adquirir connotaciones distintas y los lunes eran igual que los martes y los miércoles las lastra de nunca acabar. Algo iba mal. Todo iba demasiado mal. Tocó fondo aquella noche mientras soñaba que acostada en el suelo helado, hiriente y tieso se caía al vacío. Fue justo en verano cuando hasta las brevas más verdes comienzan a caer después de haberse salvado de los picotazos y tiros de los gorriones. Aquel día gritó fuerte y pidió ayuda cuando los llantos y el dolor la dejaban hablar sin ahogarse.
Nada podía seguir así. La vida era otra cosa, no eso y Ella lo sabía. Los sueños debían de ser otros. El rumbo dejó de tutelar al destino. Era el momento de poner orden en su caos y desvelar sus enigmas, de no juzgarse duramente, de traer consigo sensaciones excepcionales de cuando las cosas tenían buena temperatura. A calmar a esa niña arrancada de lo más grande que apenas pudo tener y si su vida era una prolongación de la de Chipi tenía que asumir muchos retos con aplomo.
La última vez que vomitó fue para resolver uno de sus retos. Hablar sin miedo a perder algo más de lo que había perdido a lo largo de su corta vida. ¿Qué miedo podría tenerle al portero después de todo lo que había perdido? Repasó los botones de éste uno a uno, año tras año, historia tras historia, dolor a dolor y sangrado a sangrado para Ella marcar el sitio que él nunca le dió.
Paco-C

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