Nunca ha escondido que pendieran telas de araña sobre sus cristalinos ojos. Tampoco escondió que cientos de veces cerrara los ojos y se viera ciega ante situaciones que la hacían estremecer de desasosiego. Prefería levantarse a media noche a tientas sin coger sus gafas antes que cerrar los ojos para aislarse. No sentía el fuego pero olía el denso humo que atestaba sus lapsos.
A veces vienen fantasmas y se van, otras se quedan alimentando su mente con dúctiles espejismos de cuando era perseguida sin encontrar una salida con las palabras que no cuentan ni la mitad de sus quimeras
Nadie sabe dónde empezó y dónde se derrocó la batalla ni si es persistente como sus constantes vitales, pero sí que cada vez que llega a casa tarde no enciende la luz de la escalera. Prefiere subir a oscuras entre la tenue luz de su teléfono móvil recordando que mientras abre la puerta alguien encende la luz de su mesilla de noche.
Todavía hoy a veces ni se molesta en abrir los ojos o dirigir su mirada, si muchos aún tienen su vista perdida.
Paco-C
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