martes, 28 de septiembre de 2010

EL DAÑO

Su infancia marcada con el detonante de la partida de su madre al descanso eterno siempre la andaba marcando. Tuvo que soportar la aparente inocencia de los niños cuando le preguntaban por lo que no tenía y que la inmensa mayoría si viene conservando a lo largo de su camino.
No sólo le dolía cuando las preguntas iban directamente a ella, sino también recuerda una tarde en pleno calor de secano cuando todos los primos jugaban juntos y uno de ellos le preguntó a otro que donde estaba su padre, éste último que acababa de perder a su padre le respondió que estaba malo saliendo del paso y el primero respondió con descaro que estaba muerto. Ahí fue cuando empezó a ver la crudeza con la que muchas veces nos enfrentamos a poner una barrera a las duras pérdidas del ser y la extorsión que comete la  inexperiencia de los que conservan todo intacto.
El tiempo no deja de ser el eterno compañero de Ella tratando de sobrellevar el temporizador que controla su particular alarma de incendios. Su alarma desbasta  emociones que se oponen a dormir, atraviesan su espíritu sin licencia para conducir por las avenidas más angostas de su corazón.
El daño es el amo malévolo y trajinante de su memoria. Sus daños han venido siendo muchos y optó por querer olvidarlos para cuando le preguntaran no volver a recordarlos porque el daño irreparablemente sigue ahí, en su suburbio interior.
Paco-C

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