jueves, 16 de septiembre de 2010

LA Tª DE LAS COSAS

Ella es la que chupaba vinagrillos extrayendo desde pequeña la acidez de la existencia a la sombra de una buena higuera. Estimulaba su oído con la caída de las brevas maduras que se estampaban con el suelo levantado de cemento y la acariciaban sus hojas con los paseos de la hojarasca por su misma puerta. De su paso solo quedaba el polvillo de las almendras que picaba como los cientos de mosquitos que planeaban dar la salida de su veneno en los meses de verano.
Siempre le ha gustado aprender a hacerlas cosas sola, sin que nadie le mande, como desde pequeña ha estado acostumbrada. Aprendió a montar en bicicleta aprovechando los descuidos de unos primos lejanos que se distraían en desprender caracoles pegados en el tronco de un limonero, sin que nadie se diera cuenta salió disparada como el mismo Induráin, como todo un logro. Cuando aprendió a nadar pasó algo similar, no había forma de separarle las manos del bordillo de la piscina hasta que llegó de nuevo un descuido y comenzó a zambullirse en medio de aquel océano. También tenía tendencia a reclinarse sobre el palo de madera del hilo de tender buscando un soplo que le golpee el pecho para ser un poquito más libre, a la vez que decía mentalmente eso de te corto, te rajo, te saco el corazón y la primera válvula que veas será la que da error.
Aprovechó los riegos de verano de cada fanega de terreno para sumergirse en los bancales anegados de fango y la combinación perfecta entre el frescor del agua con el calor que desprende la tierra para sentirse así un poco más viva.
Nunca le dio asco nadar al lado de un ejército de ranas en medio de una balsa helada de riego que lo único que entonaban era un eco bañado de moho y algunas partículas de oxígeno. De igual modo compartía sol con lagartijas que patinaban sobre las fachadas, pero era demasiado modesta como para robarles un grado de temperatura.
Luego vinieron los aullidos, primero fueron los perros de los vecinos que conversaban por la noche cuando todo el mundo estaba acostado para no sentirse intimidados. Después pasaron al canto de un americano viejo que para ella siempre fue un animal del que huía por su plumaje negro y marrón. Era como si fuera el anuncio de que algún día se levantaría un poco más lejos de aquel lugar, quizá mucho menos poblado de naturaleza y donde abundarían los silencios entre muchos murmullos de lobos ávidos de quebrantar el olor a tierra mojada y los pinchazos con el roce de las esparragueras. Ahí empezó su vida asfaltada, su vida fría e hiriente con el vapor que desprenden las calles alejada de lo que fue el  remanso de su inocencia.
Paco-C

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