El cobijo de los secanos, como el nombre indica, fue más seco y frío de todos a excepción de lo que fue verse anegada en la boca del lobo con su único medio de subsistencia, la respiración artificial.
Los secanos bien le brindaban calor o Ella tenía que saber sacarlo. Los obstáculos eran la lejana cercanía en las vidas radicadas por el tiempo que se las fueron llevando y por las nuevas venidas que llegaron cesando.
Allí residían los recuerdos del germen de Ella. Seguía el recuerdo imborrable de su madre y muchas veces la confundían con ella cuando la veían. A menudo sus gentes y sus mentes esbozaban un retrato mental que unían a madre e hija, sus parecidos desaparecidos y la necesidad de incrustar el recuerdo en medio del abandono y la partida obligada de Chipi sin estoicismo alguno. Cada suéter que Ella se ponía a su abuela le recordaba uno de su madre.
Desde el momento que Chipi los abandonó a Ella a veces la llaman Chipi, que así la llamaban todos desde el cariño y la fricción.
Conmueve la forma en que las personas generamos la necesidad de ver lo que no está, de cambiar el dolor por un poco de sosiego y de tener presente algo tan parecido a lo que no pudo ser. Los secanos todavía hoy no han podido evaporar el recuerdo imborrable de Chipi porque su hija hace que siga latente.
El que chipi dejara este mundo por que la llamaron en otro fue un duro trago para todos y en especial para su padre, abuelo de Ella. Siempre dijo que la muerte de su hija acabaría matándolo a él y así de duro fue.
Desde pequeña Ella supo que nombrar la muerte de su madre implicaba recordar algunas más. Una cadena maldita de muertes dulces e instantáneas.
Paco-C
No hay comentarios:
Publicar un comentario