Se decantó muchas veces por volver al lugar que la vió nacer y crecer sus primeros años de vida pasando días llenos de vida para Ella y por supuesto para los que tuvieron que hacer de padres, abuelos y padrinos.
Tierras mojadas divididas por las aguas que otros donan y que los mosquitos pueblan aunque el clima allí siempre no era el idóneo, estaba la aspereza abocada en el temple de su abuelo y la delicadeza y la resistencia de su abuela. Ella trataba de calmar un poco la situación de sus abuelos paternos con su presencia, ya que siempre se desvivieron por y con Ella hasta el punto de maniobrar donde caerían algunos poderes.
Allí se instalaba cada vez que quería sin ni siquiera preguntar. Conocía cada rincón, cada senda, cada caída del sol que le servía para fijar la hora. Allí conoció las sensaciones de la temperatura en el trascurso de perder y recuperar la calma.
Nunca le importó rehacer el camino quitando la hierba que brotaba de los pequeños chispeos y de la falta de tarea del abuelo. No le importó tampoco romper alguna tubería a golpe de azada con tal de escribir su presencia en ese camino de vidas gastadas. Nunca le importó venir callando lo que la ciudad increpaba.
Un pecado quizá podría ser no haberse bañado nunca en el trasvase que la vio salir a flote. La torpeza, confiarse del árbol que daba nísperos cuando Pipi la empujó jugando hacia el caño que daba paso al agua de riego en pleno invierno. Ella quedó hecha una auténtica sopa helada.
Paco-C
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